Palencia es una emoción:

14 septiembre 2017

Por qué España es culpable

A la tontería actual de Cataluña, con una sociedad enfrentada, hemos llegado por consenso. Todos nuestros gobernantes de los últimos años han colaborado necesariamente en este esprín de estupideces cometidas por gobernantes chabacanos, barriobajeros y sin sentido de responsabilidad democrática.

A los dirigentes catalanes de los últimos años se les ha consentido de todo, se les ha animado y jaleado, con la imprudente idea de que “alguna vez pararán” o de que su irresponsabilidad no alcanzase nunca los epopéyicos niveles actuales. Desde los primeros tiempos de la democracia se les ha reído las gracias, se les ha pagado por su apoyo en la Cortes con leyes que solo ellos pedían y jamás se ha puesto el pie contra la pared ante sus abusos en el tema de la coexistencia de las dos lenguas oficiales, de la manipulación de las escuelas o de las repetidas desobediencias a los tribunales. Con repetidos encogimientos de hombros eran recibidas sus baladronadas y sus ilegalidades por presidentes que hablaban catalán en la intimidad o que prometían aceptar sin rechistar “cuanto saliera del Parlamento catalán”, sin esperar a  saber lo que iba a salir de la reforma del Estatut.

Las instituciones, el Estado, han callado durante décadas, dejando la legalidad de lado, abandonando a los catalanes no catalanistas, aceptando que se persiguiese a quien no pensase como la Generalitat ordenaba. Durante años el gobierno catalán ha gastado millones de euros en apoyar una prensa sumisa, subvencionada con los impuestos de todos, mientras quienes debían defender el bien común callaban culpablemente. La izquierda, porque su idea de España es modificable, etérea, insustancial, acomodaticia, porque su concepto de nación está sujeto a la dirección del viento; la derecha, porque nada la paraba con tal de gobernar.

España ha callado y consentido. Ha dejado que los medios de comunicación subvencionados hablaran contra ella, que las escuelas enseñaran contra ella, que las discriminaciones a los castellanoparlantes presionaran a los pocos que se atrevían a disentir de  la verdad oficial. Nunca el Estado alzó su voz para protestar contra el adoctrinamiento escolar, contra las banderas quemadas (¿por qué Francia si lo hace y lo rechaza y no se los cataloga, como harían aquí nacionalistas e izquierdistas, como intolerantes, fanáticos “francesistas” o nacionalistas excluyentes?) …nunca el Estado, decía, movió un dedo para impedir a los nacionalistas esta fiesta de fanatismo, intransigencia e imposición. Convenía a la estúpida e ineficaz derecha del PP y a la acomplejada, limitada y torpe izquierda del PSOE.

Y durante décadas, como ocurriría con un adolescente al que nadie limitara sus disparates, los culpables se han ido creciendo, aumentando su seguridad y confianza en el convencimiento de que nadie, hicieran lo que hicieran, se atrevería a ponerles freno. El Estado, este Estado del PPSOE, ha callado miserablemente pensando que no llegarían tan lejos, nunca se atreverían a tanto. La esperpéntica sesión de su Parlamento es solo la última prueba entre ridícula y penosa, de que estaban equivocados.

Los nacionalistas en este tiempo han ido ahormando a la sociedad, a su sociedad. La han convencido primero y movilizado después. De modo y manera que parece que toda Cataluña es nacionalista al 100%, se han apropiado del nombre, la voluntad y los sueños de todos los catalanes. Con la connivencia del Estado, de España.

A nadie se le ocurrió, no fueran a enfadarse los nacionalistas, corresponder a sus manipulaciones históricas con la verdad; a nadie se le ocurrió defender la idea de España en una TV3 que insultaba a España (¿Se habría consentido esto en Francia, Alemania o EEUU? Y a nadie se le ocurre criticar la pureza de sus valores democráticos). A nadie se le ocurrió echar el freno a las instituciones que enseñaban el odio antiespañol en las escuelas. A la derecha jamás le habría convenido, a la izquierda jamás le habría interesado. Toda la propaganda, toda la publicidad, toda la –permítanme- comedura de coco se dirigía siempre en la misma dirección, sin obstáculos, sin oposición.


Así solo la sociedad nacionalista estaba organizada, pastoreada, unida. Así parecían ser toda Cataluña. Los demás no existían porque nadie decidió jamás darle voz, darles protagonismo, unirlos con una idea, con un objetivo lícito y democrático. Se dejó a los catalanes no nacionalistas solos y aislados en medio de un mare magnum de agit-prop. No parecían existir catalanes con sentimientos de españolidad… Ni empresarios, ni organizaciones populares, ni asociaciones de vecinos hablaban más que en un sentido, siempre en el mismo. Solo ahora, en las horas finales, cuando el gran problema está ya creado, cuando la solución es más difícil e improbable se oyen sus voces. Siempre sin el apoyo que el Estado debiera darles.

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